Raíces anarquistas de “Occupy Wall Street” – David Graeber

Obtenido de / Traducido por: Indymedia Barcelona. 

Casi cada vez que me entrevista un periodista de la prensa oficial sobre el movimiento “Occupy Wall Street”, me dan una versión diferente de la misma idea:

“No vais a llegar a ningun lado, si os negais a crear una estructura de liderazgo, ni a  crear una lista de demandas prácticas. Y ¿de qué sirve toda esta tontería anarquista – el consenso, agitar las manos? No os dais cuenta que todo este lenguaje radical os va a alejar de la población? no vais a conseguir llegar a la gente común en América (EEUU) con este tipo de cosas!”

Si tuvieramos que hacer una lista de los peores consejos de la historia, este tipo de cosas quizás tendrá que estar en el primer lugar. Desde la crisis financiera de 2007, hubo decenas de intentos de dar inicio a movimientos nacionales contra la depredación de las elites finacieras de EEUU que han seguido las recomendaciones de estos periodistas. Todos fracasaron. Fué sólo el 2 de agosto, cuando un pequeño grupo de anarquistas y otros anti-autoritarios se presentaron en un encuentro convocado por uno de esos grupos, consiguiendo que todos salieran de la manifestación programada, para juntarse en una asamblea genuinamente democrática, basada sobre principios anarquistas fundamentales, que se consiguió dar inicio a un movimiento capaz de involucrar voluntariamente a estadounidenses desde Portland a Tuscaloosa.

Tengo que aclarar aquí lo que quiero decir con “principios anarquistas”. La mejor manera de explicar el anarquismo es diciendo que es un movimiento político cuyo objetivo es el de conseguir una sociedad genuinamente libre – es decir, una en qué los seres humanos sólo se involucran en relaciones que no sean basada sobre la amenaza de la violencia. La historia demuestra que grandes desigualdades de riqueza, o instituciones como la esclavitud, el trabajo basado sobre la deuda o sobre el salario, pueden mantenerse sólo si están respaldadas por ejércitos, cárceles y policías. El anarquismo imagina una sociedad basada sobre igualdad y solidaridad, que puede existir solo por el consenso libre entre sus miembros.

Anarquismo contra Marxismo

El Marxismo tradicional, naturalmente, se dirigía a ese mismo objetivo último, pero había una diferencia fundamental. La mayoría de marxistas insistían que antes había que conseguir el poder estatal, y todos los mecanismos de violencia burocrática que venían con ello, y usarlo para transformar la sociedad – hasta el punto que, según creían, al final estos mecanismos sobrarían y desaparecerían. Pero ya en el siglo XIX, los anarquistas decían que estos eran castillos en el aire. No se puede – esto decían – crear la paz preparando la guerra, ni crear igualdad creando cadenas verticales de mando, o, por eso, crear felicidad humana convirtiéndose en grises revolucionarios sin alegría que sacrifican para la causa cualquier realización o satisfacción personal.

No es sólo que los fines no justifican los medios (y no los justifican), sino que no se pueden aconseguir ciertos fines si los medios mismos no son un modelo para el mundo que se quiere construir. De aquí el famoso llamamiento anarquista de empezar a “construir la nueva sociedad en la cáscara de la vieja” con experimentos igualitarios que van de las escuelas libres a los sindicatos radicales, a las comunas rurales.

El anarquismo fué también una ideología revolucionaria, y su énfasis en la conciencia y en la iniciativa individual significaba que durante la primera oleada de anarquismo revolucionario entre 1875 y 1914, muchos dirigieron su lucha directamente a los jefes de estado y capitalistas, con bombas y asesinatos. De allí la imagen popular del anarquista que tira bombas. Vale la pena notar que los anarquistas fueran quizás los primeros en darse cuenta que el terrorismo, aunque no sea dirigido hacia personas inocentes, no funciona. Durante casi todo el último siglo, de hecho, el anarquismo ha sido una de las pocas filosofías políticas cuyos exponentes nunca mataron a nadie (como demuestra en hecho que el lider político que más se inspiró a la tradición anarquista fué Mohandas K Gandhi.)

Igualmente, durante el periodo entre 1914 hasta 1989, una época en qué el mundo estuvo constantemente o combatiendo o preparándose para guerras mundiales, el anarquismo fué algo eclipsado, precisamente por esa razón. Para parecer “realista”, en esas épocas tan violentas, un movimiento político tenía que ser capaz de organizar ejércitos, marinas militares, y sistemas de misiles, y en esto los marxistas a menudo supieron obtener resultados muy buenos. Todo el mundo reconocía que los anarquistas – más bien para su mérito – nunca conseguirían arrancar. Sólo después de 1989, cuando parecía que se había acabado la época de grandes movilizaciones bélicas, que volvió a aparecer un movimiento revolucionario global basado sobre principios anarquistas: el movimiento de justicia global.

Entonces, cuando fué que “Occupy Wall Street” incorporó principios anarquistas? Es útil repasarlo punto por punto:

1) El rechazo a otorgar legitimidad a las instituciones políticas existentes.

Una de las razones principales de la debatida negativa a formular demandas, es porque formular demandas significa reconocer la legitimidad – o por lo menos, el poder – de quienés tendrían que cumplir estas demandas. Los anarquistas consideran a menudo que esta es la diferencia entre protesta y acción directa. La protesta, por cuanto militante sea, es una petición a las autoridad para que se porten de manera diferente; la acción directa, sea una comunidad que construye colectivamente un pozo o produce sal desafiando la ley (otra vez el ejemplo de Gandhi), sea el intento de parar un encuentro u ocupar una fábrica, es cuestión de comportarse como si la estructura de poder ni siquiera exista. La acción directa es, en fin, la insistencia desafiante de actuar como si fueramos ya libres.

2) La negativa aceptar la legitimidad del orden legal existente.

El segundo principio, obviamente, es consecuencia del primero. Desde el principio mismo, cuando empezamos a hacer las reuniones programadas en Tompkins Square Park de Nueva York, los organizadores concientemente ignoraron las ordenanzas locales que insistían que cualquier encuentro de más de 12 personas en un parque público es ilegal, si no hay permiso de la policía – sencillamente basándonos en el hecho que estas leyes no tendrían que existir. Sobre las mismas bases, naturalmente, escogimos ocupar un parque, inspirados por los ejemplos de Oriente Medio y Europa del sur, sobre la idea que, ya que somos el pueblo, no tenemos que pedir permiso para ocupar el espacio público. Esta podría haber sido una forma de desobediencia muy pequeña, pero fué crucial que se empezara por entregarse sólo a unos imperativos morales, no a los legales.

3) La negativa a crear una jerarquía interna, y la decisión de crear formas de democracia directa basada sobre el consenso.

Fué también desde el principio, que los organizadores tomaron la arriesgada decisión de trabajar no sólo por democracia directa, sin líderes, sino por consenso. La primera decisión permitió que no habría ninguna forma de liderazgo formal que pudiera ser cooptada o presionada; la segunda, que ninguna mayoría podría obligar a una minoría a ceder ante su voluntad, sino que todas las decisiones importantes se tomarían por consenso. Hace mucho tiempo que los anarquistas en EEUU consideran fundamental el proceso del consenso (una tradición que emergió de un encuentro entre feminismo, anarquismo y tradiciones espirituales como los Cuaqueros), porque es la única forma en qué se pueden tomar decisiones que funcionen sin hacer uso de la fuerza – ya que si una mayoría no tiene los medios para obligar una minoría a obedecerla, todas las decisiones, por necesidad, tienen que tomarse por consenso general.

4) La adhesión a políticas “prefigurativas”.

El resultado fué que Zuccotti Park y todos las acampadas que siguieron, se convirtiesen en espacios experimentales de creación de las instituciones de una nueva sociedad: no sólo asambleas generales democráticas, sino cocinas, bibliotecas, clínicas, centros de media, y una serie de otras instituciones, todas basadas sobre principios anarquistas de ayuda mutua y autorganización – un intento genuino de crear las instituciones de una nueva sociedad en la cáscara de la vieja.

¿Por que funcionó? Por que tuvo éxito? Una razón es, claramente, porque la mayoria de estadounidenses tienen muchas más ganas de adherir a ideas radicales de lo que admitan los medios de comunicación oficiales. El mensaje fundamental – que el orden político de EEUU es absolutamente e irremediablemente corrupto, que todos los partidos han sido comprados y vendidos por el 1% más rico de la población, y que si quisieramos vivir en una sociedad realmente democrática, tendríamos que empezar de cero – evidentemente resonó muy a fondo en la psique de los estadounidenses.

Quizás esto no tendría que sorprendernos: nos encontramos en una situación que compite con la de los años treinta, con la única diferencia que parece que ahora la prensa no tienen ninguna intención de hablar de ello. Esto levanta una cuestiones muy importantes sobre el papel de los media mismos en la sociedad estadounidense. Los criticos radicales normalmente consideran que la “prensa oficial”, como la llaman, existe básicamente para convencer al pueblo que las instituciones existentes son sanas, legítimas y justas. Está siendo cada vez más evidente que esto no puede ser verdad: más bien, su papel es sencillamente convencer a los miembros de una población cada vez más enfadada, que nadie más ha legado a las mismas conclusiones que ellos. El resultado es una ideología que nadie realmente cree, pero la mayoría de la población por lo menos sospecha que todos los demás la creen.

En ningun ámbito es más clara esta distancia entre lo que la gente común piensa realmente en EEUU, y lo que los media y el establishment político dicen que piensan, como cuándo hablamos de democracia.

Democracia en EEUU?

Según la versión oficial, naturalmente, la “democracia” es un sistema creado por los Padres Fundadores, basado en una serie de controles y equilibrios entre el presidente, el congreso, y los magistrados. De hecho, en ninguna parte de la Declaración de Independencia o en la Constitución se habla de que EEUU sea una “democracia”. Los autores de estos documentos, consideraban prácticamente sin ninguna excepción, que la “democracia” era una cuestión de autogobierno colectivo a través de asambleas populares, y por esta razón eran profundamente contrarios a ella.

Democracia significa la locura de las masas: sangrienta, tumultuosa y inaguantable. “Nunca hubo una democracia que no se suicidó”, escribió Adams; Hamilton justificaba el sistema de controles mútuos y equilibrios insistiendo que era necesario para crear un cuerpo permanente de “ricos y bien nacidos” que controlaran las “imprudencias” de la democracia, incluso en esa forma limitada que se permitiría en la cámara baja de representantes.

El resultado fué una república – moldeada no sobre el modelo de Atenas, sino sobre el de Roma. Llegó a definirse “democracia” sólo a principios del siglo XIX, porque los estadounidenses tenían puntos de vista muy diferentes, y persistían en votar – los que tenían el permiso para votar – a candidatos que se decían “democráticos”. Pero qué querían decir – y qué quieren decir – la gente común de EEUU con esta palabra? Se refieren sólo a un sistema en qué consiguen hacer sentir su peso en decidir cuáles políticos harán funcionar el gobierno? No parece plausible. En el fondo, gran parte de los estadounidenses detestan a los políticos, y tienden a ser escépticos sobre la idea misma de gobierno. Si insisten en considerar la “democracia” como su ideal político, es sólo porque siguen viéndola, aunque vagamente, como su ideal político – como lo que los Padres Fundadores tendencialmente denunciaban como a veces “democracia”, o, como a veces también la llamaban, “anarquía”.

Si no hubiera más, esto ayudaría a explicar el entusiasmo con qué adherieron a un movimiento basado sobre principios de democracia directa, a pesar del desprecio uniforme que demostraron hacia ello la prensa y la clase política de EEUU.

De hecho, esta no es la primera vez que surge en los EEUU un movimiento que se base sobre principios anarquistas fundamentales – acción directa, democracia directa, rechazo a las instituciones políticas, y el intento de crear nuevas. El movimiento para los derechos civiles (por lo menos sus franjas más radicales), el movimiento antinuclear, y el movimiento de justicia global, todos tomaron una dirección parecida. Nunca pero ninguno había crecido de forma tan rápida desde el principio. Pero en parte, esto es porque esta vez, los organizadores fueron directos hacia la contradicción central. Desafiaron directamente las pretensiones de la elite dominante de estar presidiendo una democracia.

Cuando se llega a sus sensibilidades políticas fundamentales, la mayoría de estadounidenses están profundamente en conflicto. Muchos de ellos combinan un profundo respeto hacia la libertad individual, con una casi-idolatría hacia instituciones como el ejército o la policía. Muchos juntan el entusiasmo por el mercado con el odio hacia los capitalistas. Muchos son a la vez profundamente igualitarios, y decididamente racistas. Pocos son verdaderos anarquistas; pocos incluso saben lo que significa “anarquismo”; no sabemos cuántos, si lo conocieran, llegarían a desechar el estado y el capitalismo del todo. El anarquismo es mucho más que una democracia de base: su objetivo final es de eliminar todas las relaciones sociales, del trabajo asalariado al patriarcado, que sólo se puedan mantener por la amenaza sistemática de la fuerza.

Pero una cosa que una abrumante mayoría de estadounidenses sienten, es que hay algo que está terriblemente equivocado en su país, que sus instituciones clave están controladas por una elite arrogante, que hace tiempo ya que se necesita algun tipo de cambio radical. Tienen razón. Es difícil imaginar un sistema político tan sistemáticamente corrupto – un sistema en qué no sólo se ha legalizado el soborno, a todos los niveles, sino que pedir y ofrecer sobornos se ha convertido en el trabajo a tiempo completo de cualquier político estadounidense. La indignación es apropriada. El problema es que, hasta el 17 de septiembre, el único lado del panorama político que proponía algun tipo de solución radical era la derecha.

Como resulta evidente de la historia de los movimientos del pasado, nada aterroriza a los governantes de EEUU como el peligro de qué llegue efectivamente la democracia. Su respuesta inmediata a la más mínima chispa de desobediencia civil organizada democráticamente es una combinación entre concesiones y brutalidad, movida por el pánico. Como podemos explicar sino, la reciente movilización de miles de policías antidisturbios, sus agresiones, ataques con gases, y detenciones de masa, de ciudadanos que estaban llevando a cabo precisamente esas asambleas para defender las cuales se había escrito el “Bill of Rights”, y cuyo único crimen – si los hay – era la violación de las leyes locales sobre acampadas?

Los expertos de los periódicos insisten que si los estadounidenses comunes conocieran el papel que tienen los anarquistas en “Occupy Wall Street”, se alejarían horrorizados; pero nuestros governantes parecen estar más bien preocupados de que si un número significativo de estadounidenses se diera cuenta de lo que realmente es el anarquismo, podrían más bien acabar decidiendo que los governantes mismos no les sirven para nada.

David Graeber es profesor de antropología en la universidad Goldsmiths de Londres.

Articulo original en Ingles

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